lunes, 4 de diciembre de 2017

Mañanas en Londres

En las mañanas como esta, cuando el sol acaricia el cemento de la ciudad, la aclara, la hace brillar, y en las aceras no existen transeúntes, solo colillas de la noche anterior, y el metro está vacío y las cámaras aprovechan para retratar las calles solitarias... es en estas mañanas cuando Londres me sonríe mientras saluda con la mano, y me invade la templanza, respiro hondo y profundo para cargar el pecho de grandeza. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Interiorismo

Me levanto dispuesta a comprar una planta. Una que llene el cuarto de vida, perfecta para mis noches solitarias, y que me acompañe en la locura, cuando pienso que debería ser como todas esas chicas que muestran en las películas, con vidas perfectas, camas perfectas, plantas perfectas. La mía será -pienso- como ella quiera, y la cuidaré regándola, poniéndole música, sacándola al balcón los días templados y cantándole a sus flores, que me arroparán al dormir. 

martes, 17 de enero de 2017

20

No éramos dos,
sino cuatro

Bebíamos Whisky
y consumíamos
Marlboro.
Nos reíamos
de los toros,
Las Ventas,
de todos los
demás.

Nos tumbábamos
en suelos
pegajosos
de un
piso interior,
sin ventanas
ni ventilación
y leíamos a
Bukowski
porque
creíamos
ser capaces
de vivir
como él,
entre genitales
ajenos
y pesadumbres
alcohólicas.

Los veinte
nos hacían
bravos,
o el calor
de septiembre,
no sé.
Andábamos
con medias
nalgas
al aire
y con los
pechos
descubiertos
mientras
rompíamos
camas
de metro treinta.

Todas las
teorías
sobre el
universo
parecían
fascinantes.
Al acabar,
nos tumbábamos
de nuevo
en el suelo
pegajoso
para imaginar
estrellas
en el

techo.

sábado, 14 de enero de 2017

Contaminada


Tocaba comida familiar, como todos los domingos -y supongo que como todos los domingos de todas las familias españolas-. Nos sentamos unas trece personas alrededor de la mesa del jardín de la abuela, que siempre olía a una mezcla de chucho y azahar, imposible de borrar de la memoria olfativa. Por aquel entonces todavía nos juntábamos todos a devorar la paella que mi tío cocinaba, como buena familia valenciana. Fue él mismo quien lanzó la pregunta que todos los santos domingos esperaba temerosa: “Y tú, ¿no te has echado novio todavía?”. Yo tenía catorce años. “No entiendo con lo alta y lista que eres”, (lo de guapa prefirió suprimirlo), “cómo no encuentras a nadie”. Con el tono en el que lo espetó me pareció que más bien se preguntaba que cómo era posible que yo no le gustase a nadie, con lo alta y lista que era, como si fuera mi culpa que, con catorce años, no tuviese novio. La pregunta no me pilló por sorpresa y venía preparada de casa. ¿Y si era yo la que no había encontrado a nadie bueno para mí? ¿Y si ningún chico era lo suficientemente alto y listo? ¿Acaso estaba condenada al fracaso por no tener novio- a los catorce-? La cuestión me enfadaba, pero siempre dejaba que me invadiese esa sensación de adolescente frustrada por no tener a nadie quien me quisiese como todos los hombres quieren a Jennifer Aniston en sus películas. Así que, aquel día, dispuesta a cambiar mi destino, espeté enfadada: “No quiero novio”.

—¿Y eso por qué? ¿Ya te has desenamorado? Eres demasiado joven para que el corazón te haya hecho crack.

Lo cierto es que en aquel momento me pareció una respuesta de adulto inteligente, de persona curtida por los años ¡qué sabía yo de corazones rotos con lo joven que era! ¡Cómo era posible que no quisiese novio! Fue diez años después cuando sentí aquel crack al que mi tío se refería. Una catástrofe anunciada, he de decir. Todo el mundo sabía que tarde o temprano acabaría devastada por los estragos del amor, bebiendo mucho y comiendo poco. Incluso yo misma, antes del nefasto acontecimiento, era consciente de la condición caduca de mi relación. Pero uno de los atributos – no sé si bueno o malo- del ser humano es que nunca pierde la esperanza. Leí en algún sitio que es lo único que nos mantiene con vida, así que yo contribuí a la teoría con mi parte y la estiré hasta el destrozo. Si hubiera sabido antes de los efectos secundarios del elixir químico y endorfínico del amor, igual me hubiera retirado a tiempo. Pero no, ahí estaba yo, rota y perdida, con el cortisol por las nubes preguntándome qué iba a hacer con tantos añicos. En ese momento, un amigo al que le lloraba en la barra del bar, como ironías de la vida, me dijo convencido: “eres demasiado mayor para que te rompan el corazón”.

La comida familiar duró como siempre todo el día. Mi tío seguía sin comprender por qué yo – a los catorce años- no tenía novio con lo alta y lista que era. En el fondo, yo tampoco lo entendía y me sentí fea, como todas las mujeres en este mundo se han sentido alguna vez. Sería simplista y reduccionista culpar a mi tío de todas mis relaciones fallidas pero debo admitir que analizando esto, ahora lo entiendo todo mucho mejor. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Pretenciosos

Sentados con las piernas cruzadas, somos dos cuerpos libres que, desnudos, les gusta descubrir el calor del radiador. Hace mucho frío fuera. Tiritamos con el viento pero nada de eso importa, porque en abrazos nos derretimos y nos decimos cuánto nos queremos, que es mucho. Mientras tanto, la ciudad se pinta de gris y nosotros de furia; lo queremos todo. Somos rey y reina desempeñando nuestra particular cruzada. Ambos nos parecemos el chico y la chica más guapa. Nos hacemos creer nuestra valía. Somos igual de valiosos que el Sol en Gran Bretaña, y eso es muy pretencioso. Pero nos da igual. 

martes, 13 de diciembre de 2016

La boda

 (sueño)

Mi boda estaba llena de girasoles resplandecientes. Yo me visto con mesura en un bonito y elegante vestido blanco, sin florituras ni volantes. Plano, tan plano como el amor. El novio está conmigo en la misma habitación. Las supersticiones quedan para los demás, nosotros queremos compartir ese momento previo: dudar juntos, mirarnos a los ojos (qué profundos y verdes ojos los de él) y preguntarnos ¿de verdad queremos lanzarnos al abismo?

Yo estoy colocándome las últimas horquillas en el moño. Él llega y me despeina. “Así, como siempre”, dice. Le coloco los gemelos en los puños de la camisa. Todavía tiene la corbata desabrochada y, de repente, dando un pequeño brinco, me acuerdo de las flores. Me despido de él y bajo a la floristería del barrio. Voy con el vestido de novia por la calle, remangándome la falda. El florista me enseña lo que le queda: cardos lilas, flores secas y algún que otro cactus. Me apeno, porque había pensado en un ramo de gerberas. “También tenemos esto, pero no creo que te guste”. Entonces abre el armario de detrás del mostrados y ahí están las flores perfectas: tres girasoles dorados llenos de vida.

En el camino de vuelta a casa me encuentro a mis padres. Han venido a mi boda como si se tratase de una quedada de vinos en la plaza. Mis hermanos son pequeños y me abrazan. Cuando llegamos a casa, el novio saluda a la familia y me susurra: “estoy listo”. Me calma los nervios verle con la corbata atada.

Vamos los dos agarrados de la mano hacia el altar. El lugar está oscuro, no hay ninguna luz salvo la que mis girasoles brillantes desprenden. Allí estamos los dos, frente al altar, esperando a que alguien nos pregunte lo que se pregunta en todos los casamientos. Él asiente con la cabeza, como aprobando la acción. “Espera”, digo, y voy corriendo hacia donde se encuentra Elena y le entrego un girasol. Voy corriendo hacia donde se encuentra Daiana y le entrego un girasol. Regreso adonde se encuentra el novio y le entrego un girasol. Me quedo sin ramo y me despierto del sueño.

jueves, 20 de octubre de 2016

Cítricos

Siempre he pensado que ni mamá ni Gloria tienen arrugas porque pasaban los veranos entre el amor de los cítricos. Sus pieles están tersas como la naranja que cuelga del árbol esperando a que la arranquemos justo en el momento del día en el que el cielo se torna de su mismo color.

A la abuela, que dejó de pasear entre naranjos hace tiempo, se le han acentuado las patas de gallo de una manera descomedida. Su cuerpo es más pasa desde que ha olvidado que a las raíces hay que ofrecerles agua, que no florece el azahar sin el recuerdo. Apostaría lo que fuese a que no son sus ochentas sino la falta de beta caroteno o vitamina C en la memoria lo que la envejece.

Las naranjas nunca se dispersan, están ahí para nosotras, dispuestas a curarnos el estómago o cualquier víscera que tengamos fuera de su sitio, resquebrajado, hecho añicos. No les doy la importancia que merecen, al fin y al cabo me han nutrido la infancia y me recuerdan cuál es el lugar al que siempre puedo volver.